La Nación: El carro delante de los caballos
14/06/2026
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Las experiencias de la VOC, Delaware y Singapur muestran que la inversión y la innovación son consecuencia de un marco institucional estable
El 20 de marzo de 1602, los Estados Generales de las Provincias Unidas — el Parlamento Holandés — crearon por ley la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, la VOC (Vereenigde Oostindische Compagnie) disuelta luego en 1799. Por primera vez en la historia, el Estado limitó legalmente la responsabilidad de los accionistas al capital invertido. Si la empresa quebraba, el inversor perdía lo puesto, pero no respondía con sus bienes personales. Nacían así las sociedades por acciones y con ellas el primer mercado de capitales del mundo. La VOC, además, gozó de un monopolio comercial, poder acuñar moneda, tenía ejército y armada. Y en términos de capitalización de mercado fue equivalente a los gigantes tecnológicos actuales. Se trataba de un periodo histórico claramente diferente (colonialismo, esclavitud, violencia). La compañía terminó quebrando al final del siglo XVIII entre la corrupción y la burocracia, y fue disuelta en 1799.Recientemente en una publicación internacional, el presidente Javier Milei cita, en términos positivos, esta fecha y ese evento como prueba y punto de inflexión de que la “innovación institucional” desata el capitalismo. No objeto el razonamiento del ejemplo, pero tengo una lectura alternativa a la oficial, respecto de su nexo con el actual momento histórico de la Argentina. En otras palabras, de cómo relacionar aquello con este momento y esta etapa de la reconversión argentina.Aquella decisión y su implementación fueron a partir de un país, Holanda, que ya tenía no solo un Estado consolidado y un Parlamento con autoridad real, sino además un sistema judicial confiable que hacía cumplir los contratos, una moneda estable y décadas de construcción institucional acumulada. La innovación financiera que se menciona surgió de ese contexto, fue la frutilla de una torta que llevaba mucho tiempo en el horno. No al revés. La misma lógica aplica a los dos modelos que el gobierno argentino habitualmente ha mencionado como inspiración para convertir a la Argentina en hub de inversión en inteligencia artificial: Delaware y Singapur.Lo primero a señalar sobre Delaware es que no es el paraíso corporativo del mundo por decreto. Según los especialistas, se trata del resultado de más de un siglo de construcción jurídica paciente: una ley de sociedades que se actualiza todos los años, una Corte especializada en derecho comercial donde los casos los resuelven jueces y no jurados, y un cuerpo de jurisprudencia acumulado durante décadas que da certeza a cada contrato. Las empresas se registran en Delaware porque saben exactamente qué va a pasar si hay un conflicto. Esa certeza no se declama, ni es producto de una ley. Se construye. El resultado es un conjunto de precedentes con peso propio, estudiados y aplicados también fuera de ese estado.La historia de Singapur es diferente. Cuando Lee Kuan Yew tomó la conducción del país en 1959, sentó las bases de un modelo de fuerte intervención estatal, con capitalismo de Estado y una democracia autoritaria. Priorizó el bienestar económico sobre las libertades y el individualismo occidental. Un modelo que no querríamos para nuestro país. No obstante, recién en 1968 —nueve años después— se habilitó el mercado asiático de divisas. Recién en 1971 se creó la Autoridad Monetaria. El hub para las inversiones vino todavía mucho después. Siempre, después. Siempre como resultado de una secuencia “institucional”. La Argentina de hoy está a años luz de todo eso. La Argentina de hoy tiene (por historia y a esta altura ya con más de dos años de esta administración), la mitad de la economía parada. La industria cae. La construcción cae. El comercio cae. La inflación sigue arriba del veinte por ciento anual. La gente sigue comprando dólares porque no confía todavía en una administración que le revalorice el peso con fundamentos en forma sustentable. Confunde atraso cambiario con peso fuerte. Esa misma desconfianza que hace que los mayores ingresos del bienvenido boom de exportaciones se vayan por otra ventana, al colchón, al exterior, o a Punta Cana. El capital en general sigue sin confiar en las nuevas reglas. El costo reputacional del país obligó al RIGI, para atraer grandes inversiones, generando una asimetría para con las inversiones de todos los días, las que pueden producir en cantidad empleo de calidad. Las reglas no son iguales para todos, y eso no es un detalle menor, es la esencia del problema. Y el RIGI, como todos los regímenes especiales, tendrá que ser testeado en el futuro, si surgen shocks inesperados.Como he señalado en innumerables oportunidades esto no es una crítica al rumbo. Sí al diseño, a lo instrumental, a la falta de un programa integral y a la ausencia, salvo honrosas excepciones, de gestión eficiente. Es una visión crítica a la secuencia de cómo se piensan las soluciones.Bienvenida sea toda señal de apertura a la inversión en tecnología. Bienvenido sea que la Argentina diga que tiene las puertas abiertas. Pero una cosa es abrir las puertas y otra es pararse en el escenario del Financial Times a anunciar que somos la próxima Holanda de 1602, mientras los conurbanos locales siguen presos de la informalidad, de la falta de más educación y capacitación, de la estanflación y la economía real de todos los días que no se recupera.Entonces, primero hay que armar el país. Primero hay que ganar la confianza de la propia gente. Primero hay que hacer que las reglas de juego sean iguales para todos. Primero hay que construir un sistema judicial creíble, en donde los jueces no sean “manoseados” por el Ejecutivo de turno, o se destaquen en la primera plana de la información por sus manejos y negocios, en lugar de por fallos ejemplares. Es por esto que para atraer inversiones, hay que terminar cediendo jurisdicción a los extranjeros (“importar instituciones” sugería el gran Rudi Dornbusch). Mientras tanto los locales seguimos a merced de este sistema judicial lento e ineficaz (aunque siempre con excepciones).Esto no es ideología de izquierda ni de derecha. Es la secuencia, el camino más largo que siguieron todos los países que lograron consolidar un cambio de régimen exitoso.La inversión en IA como materia general no nos va a preferir por un marco legal que puede cambiar en un día, competimos con otros centros que llevan décadas de verdadero respaldo institucional a la innovación y al progreso. La VOC, Delaware y Singapur no son argumentos a favor de este modelo. Son, exactamente, el argumento en contra. No se trata de eludir los pasos necesarios, la secuencia requerida, porque no hay tiempo. Se trata de hacer bien las cosas, más rápido y eficientemente. No ir en la dirección inversa.No poner el carro delante de los caballos.
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